Por Estela
XVIII
El Colegio de Bachilleres del Estado de México quedaba a las afueras de Atlacomulco, al otro extremo de mi casa. El camino me tomaba unos 30 minutos cruzar por sus calles. Me agradaba apreciar sus tintes coloniales. Su catedral, fue punto de encuentro de mis compañeros. El camino continuaba cuesta abajo y desembocaba en la estación de radio, (donde una vez Ana y yo nos ganamos 2 entradas al cine que nunca recogimos). Finalmente, terminaba con un puente peatonal largo y un sendero de piedra volcánica roja hacia la entrada de la escuela. Se sentía un aire de independencia al comprar los útiles escolares, mi uniforme rojo chillante o caminar por las calles solas y oscuras.
Al mes, ya me había hecho amiga de Wendy y de las primeras tres filas del salón. Como estudiante, estaba abajo del promedio debido a los múltiples escapes con Malinalli. Él me hacía sentir segura y nuestra relación era como tragos de vodka con jugo: dulce, apasionada y violenta al mismo tiempo. A mi parecer, se estaban formando los cimientos de una vida juntos. Hasta que…
En la época donde se obscurece antes de las 18:00, Fernando, un compañero del salón, nos hacía el favor a mí y a todo aquel que entrase en su camioneta, de acercarnos a la catedral. Malinalli observó cuando me bajé del asiento de copiloto; su expresión dibujaba furia contenida. Tuve miedo de acercarme. Él comenzó a caminar más rápido. El que me evadiera me dolió más que cualquier golpe que hubiera recibido. A los pocos días le pedí perdón por lo que había provocado y desde ese día me esperaba afuera de mi escuela para "cuidarme", según él.
En aquella escuela duré menos de un año y fui expulsada por una injusticia: un día lunes, después del receso, se realizaban los honores a la bandera. Como director de ceremonia se encontraba un amigo de Jonathan que me gustaba. Un retraso en los sanitarios causó que ya no encontrará espacio en la fila de las niñas, así que se me hizo fácil formarme en la fila de los niños. No me percaté del cuchicheo que había a mi alrededor, hasta que terminó y la directora nos mandó a llamar. Traté de apelar pero a mí no me escuchó y a los hombres no les puso ninguna sanción. Al día siguiente fue mi hermana; hablaron por un rato y después firmó mi baja. Recibí muchas críticas pero las que más me dolieron fueron las de Malinalli que contenían ese tinte pasivo-agresivo.
Mis papás decidieron que nos regresábamos al Ajusco, los 4 juntos en una cabañita de un rancho que había contratado a mi padre para cuidarlo. Regresamos justo en esos días de invierno, donde el frío te abraza y reconforta, aunque sea por un rato.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.