Por Juan Francisco
XXVIII
La noche nos había alcanzado y con ella llegó un manto negruzco que lo devoró todo a su paso. Los niños jugaban con los restos de las piñatas; algunos usaban los picos como sombreros, otros los utilizaban como recipientes para sus dulces y frutas. Un par de vecinos repartía ponche en vasos de unicel. Otra vecina ofrecía café y galletas de buen tamaño con sabor a canela. Todo era alegría y convivencia. Había sido una celebración fantástica. Fue el último evento que celebramos con la comunidad. Nostálgica despedida, melancólico adiós.
Por más que me esforcé, no logré recordar los nombres de aquellos niños, con excepción de uno. Se trata de un nombre que se quedó grabado en mis memorias por lo significativo que es. Todos esos niños y adolescentes me mostraron lo valioso que puede llegar a ser el trabajo comunitario. Me enseñaron a ser paciente, a creer que todo es posible y que no hay nada más importante en la vida que ser feliz.
Los niños y las niñas corrieron entre los vecinos y nosotros. Jugaban como si no hubiera un mañana. Yo los observaba con alegría. Los niños me transmitían una sensación agradable y pacífica, a pesar de sus características travesuras. Lo cual me hace recordar una en específico.
En una ocasión, cuando llegamos a la comunidad, nos encontramos con cientos de metros de una cinta de color negro. Estaba desperdigada por todas las áreas comunes y frente a algunas de las entradas de los edificios departamentales. De inmediato vimos a varios de los niños jugando a la distancia con películas en VHS. Las lanzaban al aire y las dejaban caer. Después tomaban las cintas y las aventaban lejos de ellos. La escena era agradable y cómica. No obstante, algunos vecinos salieron a quejarse y regañar a los niños.
Los ayudamos a juntar todas las cintas y pedazos de carcasas de VHS. Así fue como descubrimos que habían sacado las películas VHS de uno de los contenedores de basura de un edificio de departamentos. Lo preocupante fue cuando los niños nos mostraron las cajas de las películas. De inmediato nos apresuramos a recoger todas las cintas y películas para depositarlas de nueva cuenta en el contenedor. Terminamos la tarea y nos alejamos a toda prisa con los niños. Las películas que estaban en la basura eran más de una docena y todas eran pornográficas.
Pero todo aquello era parte del pasado. No volveríamos a la comunidad ni íbamos a convivir con esos niños y adolescentes de nuevo. Llegó el momento de las despedidas, de los abrazos y los agradecimientos. Varios de mis compañeros comenzaron a llorar. Yo mantuve mi mente distante de aquel momento. Odiaba, (sigo haciéndolo) las despedidas. Reprimí mis emociones y sentimientos por aquellas personas con las que habíamos convivido por un año. La experiencia había tenido sus complicaciones y dificultades, pero al final se había logrado un excelente trabajo para beneficio de los habitantes de la Unidad Habitacional.
Entonces pensé en que deseaba tener un recuerdo de aquellos niños y adolescentes. Saqué mi celular y pedí a una compañera que me apoyara para tomarme fotos con ellos. Fue una linda experiencia y aún tengo esas fotos. A veces las observo de nuevo para recordar que el mundo tiene esperanza y que su rostro es el mismo que el de aquellos niños.
Reí con ellos, los abracé, les agradecí y les deseé lo mejor en la vida. Sin embargo, había una niña muy especial para mí. Su nombre, el único que recuerdo de aquellos niños, era Nicole. Cada vez que nos veía llegar corría hacia mí y me pedía que la cargara. Nicole tenía entre seis y siete años. Jugábamos al avión o a las atrapadas. En ocasiones me contaba sobre los problemas en casa (la falta de un padre, los novios de la madre, la incomprensión de su hermana). Confiaba mucho en mí. Todos decían que parecía que era mi hija. En nuestra profesión está prohibido experimentar emociones por las personas con las que trabajamos, con las que intervenimos y a las que atendemos. Es parte del código de ética. Sin embargo, hay situaciones que rompen esas normas. Somos seres humanos y no podemos reprimir por completo un sentimiento tan puro como el cariño y el agradecimiento.
Abracé a Nicole, le dije que las cosas mejorarían en su casa y me despedí de ella con la certeza de que no volvería a verla. Ella corrió hacia donde estaba su hermana mayor, volteó y se despidió con la mano. De un momento a otro pareció recordar algo y corrió a toda velocidad en dirección a donde me encontraba. Se plantó frente a mí y me pidió que me acercara. Me puse de cuclillas y ella me dio un tierno beso en la mejilla. Me dijo: Nos vemos la siguiente semana. De nuevo salió corriendo y se marchó con su hermana.
No pude contener más mis emociones y sentimientos. Me fue imposible. Comencé a llorar desconsoladamente. Un par de compañeras se acercaron a mí y me abrazaron. Me llevaron detrás de todas las personas que seguían en la explanada. Las lágrimas se mezclaron con la fría sensación del tierno beso de Nicole y con el peso de sus últimas palabras. La mejor etapa de mi vida hasta ese momento había llegado a su fin.
No volví a ver a Nicole (mi hija temporal),43 ni a ninguno de los niños y adolescentes de la Unidad Habitacional. Deseo, desde lo más profundo de mi corazón, que hoy en día sean personas muy felices y que hayan cumplido sus sueños y metas.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.