Por Juan Francisco
XXVI
Uno aprende a valorarse más cuando se rompe con una relación malsana y dañina. Desprenderse de esa persona que es más un mal, que un bien en tu vida, es una oportunidad de conocerte de nuevo. Si bien es cierto que se viven momentos de felicidad y dicha, lo cierto es que estos se pudren y marchitan con tantos problemas y discusiones. Al concluir con esa etapa uno ya no quiere recordar el pasado y mira el presente con un par de ojos llenos de esperanza.
Tardé cuatro años en reunir el valor necesario para terminar con una relación que en lo personal ya no me ofrecía nada. La mujer con la que enlace mi vida se convirtió en una cadena que me laceraba día con día. Yo era como una pequeña ave enjaulada que se había resignado a esa falsa existencia y que, por fin, había aceptado la inmundicia que merecía. Observaba el cielo, la libertad, tan lejos de mí... Era una dicha que se me había negado y a la que no aspiraría jamás.
Para mi bienestar, me equivoqué. Entendí que yo valía mucho como ser humano; que aspiraba a estar con alguien mejor, o bien, a vivir en paz y tranquilidad conmigo mismo. No necesitaba de ella para encontrar la felicidad.
Con ella viví decenas de momentos de alegría, pero en todos hubo algo que me hizo sentir mal, triste, molesto. Debí terminar con ella desde nuestro primer mes juntos. Sin embargo, no tuve el valor necesario. Terminé con ella más de una docena de veces, pero volvía con ella o ella a mí. Nos amenazamos mutuamente con morir al romper definitivamente. Llegué a creer que ninguna mujer me valoraría como lo hacía ella. Mi autoestima estaba por los suelos. No sé si ella se aprovechó de eso. Lo único que sé a ciencia cierta es que me faltó amor propio, valoración hacia mi persona y deseos de superarme.
Un buen día aproveché que ella quería cursar un semestre en otra entidad para convencerla de que se fuera. Lo único que anhelaba era estar lejos de ella. Me obsesionaba la idea de ser libre, de no tener que rendirle cuentas. Lo había intentado en el pasado, cuando cambié del turno mixto al vespertino y no funcionó. Ella se negó a terminar conmigo. Se empecinó en seguir mis pasos y reprocharme cada una de mis decisiones. Cambié una vez más de turno: pasé del vespertino al matutino con la esperanza de que se alejara de mí. Volví a fracasar. Era como una sombra de la que no sabía cómo deshacerme.
Hasta que me descubrí a mí mismo a través de las prácticas escolares. Fue cuando le puse un alto en muchos aspectos. Gracias a las prácticas comencé a valorar la profesión y mi capacidad como estudiante. En las prácticas yo existía, yo era alguien. Todos me saludaban, me hablaban, me reconocían. Yo era un líder en los grupos de práctica. Tenía un gran potencial que demostré en cada una de las prácticas en las que estuve. Y, sobre todo, me dieron la dicha de apartarme, al menos por algunos momentos, de Brisa.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.