Por Rosario
XVIII
La notaría estaba en Polanco, en la calle de Arquímedes. Me entrevistó una abogada que en realidad me preguntó más que otra cosa, si quería trabajar con ellos. Me comentó el horario de trabajo, el sueldo y quedamos de vernos allí mismo, el lunes siguiente.
En la facultad varios de mis compañeros ya estaban trabajando, así que unirme a esas filas me hacía sentir importante y sobre todo, parte de los iluminados. En realidad, no era del todo ni lo uno, no lo otro. Se trataba de mi primer trabajo como abogada, uno en el que como se dice en nuestro argot: me “pasanteaban gacho”. Porque a los pasantes que contrataban, era sobre todo para realizar gestorías y trámites, no para labores de escritorio y razonamiento jurídico. Aún así era trabajo, experiencia y también la oportunidad de conocer el mundo de mi profesión.
A diario nos asignaban tareas diferentes y también organizaban una ruta que debíamos concluir ese mismo día, para regresar antes de las dos de la tarde y así poder llegar a tiempo a las clases a la facultad. La notaría nos daba los boletos de metro que fueran necesarios y veinte pesos para el pasaje, así que debíamos administrar muy bien el tiempo y el dinero para cumplir con la misión. De esa manera aprendí a viajar por la ciudad con poco dinero y con casi nada de tiempo para hacerlo.
En ese lugar conocí a varios compañeros de la facultad: unos eran de mi generación, otros mayores y algunos, más pequeños. También aprendí a leer rápido en el metro y desarrollé la habilidad de despertar en el transporte público justo antes de llegar a mi destino. Pocas veces me quedé dormida durante mis múltiples traslados. Eran días pesados, pues mi horario de trabajo era de ocho de la mañana a dos de la tarde; las clases en la facultad eran de tres de la tarde a nueve de la noche. Apenas me daba tiempo de comer algo muy rápido entre una actividad y otra (generalmente eran tacos de canasta, por rápidos y baratos). Igualmente conocí la forma de trabajar de diferentes abogados titulares de cuentas en la notaría: algunos muy cuadrados, otros muy flexibles; todos muy estudiosos y la mayoría dedicados.
En ese lugar tuve uno de los primeros golpes de realidad, ya que no me llevaba bien con mi jefa directa y ella hizo uso de todo lo que estuvo a su alcance para hacerme la vida imposible. Y es que además de todo, en algunos momentos yo le di los elementos por no controlar mi temperamento, ni manejar de una mejor manera el conflicto entre nosotras. En mi defensa diré, que ella tenía problemas personales con una abogada en particular, con quien yo me llevaba muy bien y quien me protegía siempre que podía hacerlo. Entonces una parte de la molestia era mi amistad con ella y la otra, mis llegadas tarde constantemente. Al final pienso que nadie ganó. Al menos yo no: terminé renunciando al trabajo casi al año de haber entrado.
Entonces comenzó la aventura por conseguir otro empleo, esta vez ya no era mi primer trabajo y tampoco sentía tener grandes conocimientos académicos sobre nada en particular…
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.