Por Estela
XXII
Desde ese año, me cree la superstición de que según me pille las 00:00 horas del año en curso, haciendo o pensando algo, está acción se apodera de la mayoría del resto del año. (En mi cabeza tiene sentido). Y ese año lo comprobé.
Enero del 2014 empezó con una foto del regalo que mi mamá le había hecho a mi hermana, una bicicleta azul de cambios, está vez no reclamé porque sabía que le hacía ilusión recordar los momentos que de pequeñas paseábamos en la ciclopista en nuestros patines y luego en la bici rosa que nos regaló el Señor Víctor. El tercer domingo de enero le llamé a mi madre (seguramente porque mi saldo estaba por acabarse), pero no me contestó y lo intenté con mi padre, pero con una voz muy acelerada me comentó que Ana había sufrido un accidente y que la llevaron al hospital. Hablé con mi tía, que con pocos ánimos aceptó prestarme dinero para el transporte. Tomé el autobús que iba directo y era más caro, por supuesto. En mi mente pasaban muchas cosas: debí de escribirle más a mi familia y menos a un sujeto que solo esperaba que yo estuviera disponible para él; no debí de separarme de mi familia. El camino en el autobús y del metro de la estación la Raza a Balbuena se me hizo eterno, además de sentir que mis piernas ya no reaccionaban.
Al llegar al hospital estaba mi madre entre la muchedumbre. En su rostro había angustia, lágrimas y no había espacio para el asombro que le causó mi llegada. Hasta ese momento solo sabíamos que Ana había entrado al quirófano pero no si ya había salido. Fue hasta el cambio de turno de los enfermeros y doctores, nos dijeron que Ana estaba estable y la operación de su cráneo había sido un éxito pero tenía que quedarse en reposo para ver cómo evolucionaba la parte de la memoria, que fue la más golpeada. Además de resolver la parte de la rodilla y el codo que se habían raspado con la pared. Nos angustiaba que pudiera perder la memoria, y mi mamá se culpaba por darle ese regalo que fue el causante del accidente.
Pasamos la noche en la banqueta porque la sala de emergencias estaba llena de personas que se quejaban de sus malestares; algunos visibles y otros no. Por suerte, había tramitado mi IFE meses antes y pude ser de apoyo a mi madre esa semana, antes de entrar a la escuela, para que descansará de las guardias que cubriría por un mes más.
Estaba decidida a dejar una relación donde solo yo era la interesada. Me enteré que sostenía una relación paralela a la nuestra, entonces, me enojé con él, con mis amigos que lo sabían y callaron, pero sobre todo con ella, por entrometerse en una relación. Mi falta de estabilidad emocional me hizo decir y actuar de mala manera con ella. Él intervino y le puso punto final a nuestra relación. Los primeros años me sentí aliviada pero el golpe de su abandono aún me duele y aún no existe quien cubra el hueco.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.