Por Estela
XXI
Nuestra relación estaba llena de círculos viciosos. Su interés por mí moría desde marzo -antes de nuestro aniversario-, hasta septiembre, días posteriores de mi cumpleaños. Si le recordaba que había pasado esta fecha, sus disculpas eran acompañadas con un detalle. Los primeros meses nos veíamos cada fin de semana, hablamos por unas horas, después había meses que no nos veíamos. El segundo año su ausencia me creó una adicción a él, a su aroma y una obsesión por comprobar que pensaba en mí. ¿Con qué frecuencia lo hacía? Él lo mencionó en un par de ocasiones: "Solo yo entendía su manera bizarra de amar".
Me olvidé de mí, solo vivía para él. Su crítica sobre mi forma de vestir, de arreglar, de caminar, de hablar, era motivo para que lo dejara de hacer. No importaba si el espejo decía: "qué bonita eres". Mis oídos no lo escuchaban. La posesión de un teléfono debería asegurar una comunicación directa con mis padres o mi hermana, pero no en esta fase de locura. Mi saldo se terminaba con mensajes insistiendo en tener una conversación con él o planeando dónde pasaríamos las navidades.
Las fiestas decembrinas las intercalaba entre mis padres y mis tíos que terminaban estando con él y su familia: en navidad tomando ponche, cenando, rompiendo piñatas y el año nuevo que pasamos juntos, fuimos a una fiesta con 4 de sus amigos. Uno de sus amigos intentó propasarse conmigo. Yo esperaba que él me defendiera, pero no me creyó; me dijo que ellos no se fijaría en alguien como yo y que era mi culpa por provocarlo con mi sonrisa. Esa noche no dormí y busqué en mis actos cuál fue el que lo provocó. Así me recibió el 2014. ¿Un mal augurio?... quizás.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
LPT: Cruzando la frontera de la ficción.