Por Rosario
XXVII
Llevaba poco tiempo viviendo con Israel, tal vez tres o cuatro meses cuando a papá le diagnosticaron cáncer de próstata. Ya estaba tan avanzado y él era tan mayor, que no era recomendable realizar operación alguna para extirparlo.
Cuando recibí esa noticia me sentí devastada; parecía que me habían arrojado una cubetada de agua fría en la cara. Lo primero que sentí fue mucho temor ante la posibilidad de su muerte por el diagnóstico tan negro. No entendía muy bien lo que ocurría, pero las lágrimas corrieron por mis mejillas en aquella conversación telefónica y varias madrugadas más, también sucedió lo mismo. Era una mezcla de incertidumbre, dolor y mucho miedo.
Israel estuvo conmigo y me apoyó en aquellos momentos. Cuando dejé de vivir con mi papá me sentía un poco enojada con él una vez que rehizo su vida con Marce por todas las omisiones en que incurrió durante mi vida estudiantil, así que lo visitaba pocas veces y no por mucho tiempo.
Definitivamente no imaginaba que esos dolores y achaques que venía padeciendo hace tiempo se debieran al cáncer; pensaba que era un tema propio de su edad y la vida de trabajo duro que llevó por muchos años. El cáncer cambió todo. No sabíamos lo que seguía, si iba a necesitar quimioterapias y lo más importante: si sobreviviría a la enfermedad.
Papá, igual que toda la vida, con su sorprendente aplomo dijo que no quería morir todavía. Quería hacer muchas cosas aún, ver a su hijo crecer era una de ellas y un motivo más para luchar. También nos explicó que no deseaba darse por vencido ni cambiar su estilo de vida; él seguiría haciendo todo lo que fuera necesario para seguir vivo y nos calmó a todos.
Honestamente escuchar cáncer hace pensar que la muerte es inevitable y en efecto lo es, pero no siempre ocurre como consecuencia de la enfermedad y esa fue la lección de vida que papá nos dejó a todos.
El tratamiento que le dieron consistía en tomar unas pastillas todos los días y aplicarse una inyección mensual, además de hacerse exámenes con frecuencia para revisar si los niveles de cáncer crecían o bajaban y también para monitorear el estado de su salud en general.
Papá, como todo un guerrero, soportó todo con la frente en alto; siempre estoico y optimista, nos daba ánimo a todos los que estábamos a su alrededor y de no saber que tenía cáncer, jamás lo hubiera imaginado. Él se veía normal, lleno de vida y de ganas por resolver mil cosas; jamás paraba, ni dejaba de hacer planes. Amaba la vida como no he visto a nadie más hacerlo.
Imagino que darte cuenta de la fragilidad de tu propia existencia no debe ser fácil, pero él lo tomó de la mejor manera posible y decidió solucionar temas que tenía pendientes de años, tales como su divorcio, su testamento, hacer las paces con su única hermana de padre y madre; hablar con la familia de mi mamá sobre su enfermedad y acercarse a miembros de su familia con los que había estado lejos por distintas causas.
Nievat muy sabiamente me dijo que tal vez esta era la oportunidad de dedicarle más tiempo y de superar los viejos rencores; que el pasado ya no podía cambiarse, pero sí la manera en que vivía mi relación con él. Tal vez era la oportunidad de reconciliarnos y vivir buenos momentos juntos. Así lo hice: decidí cerrar el pasado y enfocarme en el presente, en lo que podía hacer para contribuir a su bienestar. Una de las principales actividades fue dedicarle más tiempo y de calidad, así que las llamadas semanales se convirtieron en nuestra bonita rutina, especialmente cuando él tenía ganas de hablar y no estaba Marce en casa. También empecé a visitarlo con mayor frecuencia los sábados y en ocasiones especiales, como cumpleaños y festividades varias.
Los años pasaron, afortunadamente el tumor del cáncer se encapsuló y papá dejó de necesitar la inyección, se quedó solo con las pastillas diarias. Aún así el tumor tocó una parte de su columna y padecía dolores frecuentes. Paulatinamente vimos reducida su movilidad, pero casi nunca se quejaba, ni nos contaba de todos los malestares que sentía; jamás me dijo de las caídas que empezó a tener. Marce era quien nos daba ese tipo de noticias, papá siempre decía que estaba bien y no se quejaba ni pedía nada en particular.
Otro tema que también me ocupó fue la pérdida en la audición de mi papá. Empecé a notar ese problema desde que estaba en la universidad, incluso hice el intento por comprar sus auxiliares. Cris me apoyaba, pero en ese momento no alcanzaba el dinero. Así que tuve que rendirme temporalmente y esperar unos años para hacerlo realidad. De esa manera, cuando ya trabajaba en ADO, gracias a la estabilidad económica que tenía pude plantear la meta realizable de comprar sus aparatos auditivos. Lo llevé al especialista, quien determinó que la pérdida era en ambos oídos, solo para saber si mis hermanos podían ayudar con la causa, les hice saber del asunto y puse a su disposición mi número de cuenta bancaria. Ninguno quiso apoyar la causa, me sentí dolida y decepcionada, pero al mismo tiempo decidí que no iba a rendirme esta vez, así que como pude compré los auxiliares para papá y él estaba feliz conmigo.
Hola Rosario. He leído tu relato. Es una vivencia sumamente complicada. No he pasado por algo como lo que relatas; sin embargo, puedo notar el desgaste emocional que experimentaste por todo lo que aconteció en esta etapa. Tu valor y fortaleza para salir adelante y luchar por tu padre son admirables. Estoy seguro que tu padre se siente muy orgulloso de ti. Saludos.
ResponderBorrar¡Gracias Juan! Sí fueron épocas muy difíciles, afortunadamente tuvimos tiempo para limar asperezas y compartir el aprendizaje.
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