09 diciembre, 2021

Autobiografía / Pérdidas y duelos

 Por Juan Francisco

XXXV

Me gustan mucho casi todos los animales, con excepción de los guajolotes y pavos. Padezco de alektorofobia, es decir, fobia a las aves de corral. Con las gallinas y gallos no tengo ningún problema, incluso tuve un gallo blanco llamado Jonas. Pero no puedo soportar su presencia por mucho tiempo. En el caso de los guajolotes y pavos, no puedo verlos ni en pintura.

Los animales que más me gustan son los perros. He compartido mi vida con los perros desde que tenía diez años. Mis primeros perros fueron Terry y Tom. Tom murió de un infarto a los siete años. Terry vivió hasta los quince y tuvo una amplia descendencia. Adoptamos una perra en situación de calle cuando yo tenía diecisiete; la llamamos Loba. Tuvo tres camadas antes de morir a la edad de tres años. Terry se cruzó (la primera y última vez en su vida) con una hija de Loba, Salomé. De esa camada nos quedamos con dos hembras: Eva y Clarisa. Antes de ellas ya teníamos a Susana (hija de la segunda camada de Loba). Todo un entramado genealógico canino.

En total, desde el primer perro que tuve hasta el último, fallecieron más de veinte cachorros. La mayoría por parvovirus. Al final sólo nos quedó Terry, Susana, Salomé, Eva y Clarisa.

Años después adopté a medias a cuatro perros más, en situación de calle: Coyota, Huesos, Crema y Bocho. Les daba agua y también comida (primero bolillos y después croquetas). A Huesos, Crema y Bocho los cuidé desde que eran cachorros. No podía tenerlos dentro de casa porque ya tenía demasiados perros. Dormían en el jardín que está enfrente de casa pero me acompañaban a todos lados para bien o para mal.

Terry perdió la movilidad de sus patas traseras a los doce años. Sus últimos tres años de vida apenas caminaba. Murió una madrugada en su cama. Clarisa falleció por una infección en las vías urinarias. Logré reunir un poco de dinero para traer un veterinario. Le aplicó antibióticos y con una jeringa sacó líquido de su estómago. Yo tenía que darle su medicamento dos veces al día e inyectarle la jeringa en el estómago para reducir la acumulación de orina. El mismo día que la atendió el veterinario, por la noche, Clarisa tuvo un paro cardiorespiratorio. Grité y pedí ayuda en vano. Tenía la jeringa en mi mano, temblaba. Falleció en segundos. Su muerte me dolió muchísimo. La enterré mientras lloraba desconsoladamente.

Salomé tuvo un tumor en una de sus patas traseras. Vino un veterinario a extirparlo. Yo tuve que ayudar al veterinario cuando tuvo problemas para coser una de las venas de su pata. Mis manos y brazos terminaron manchados de abundante sangre. Meses después se recuperó y siguió siendo la misma. Un año después el tumor volvió a formarse. Asimismo, comenzó a manifestar los mismos padecimientos que Clarisa. Los antibióticos no funcionaron. A diferencia de Clarisa, Salome sufrió mucho. Tardó varios meses en morir. En ese momento yo no tenía dinero o forma de llevarla con un veterinario para que la pusiera a dormir para siempre. Vomitaba y defecaba sangre. No podía permanecer mucho tiempo en pie. No comía ni lograba dormir. Supliqué todas los días para que ella muriera lo más pronto posible, para que terminara aquel infierno. Pasó demasiado tiempo antes de que ella muriera. La encontramos una mañana tirada a unos metros de su casa. Lloré junto a su cadáver y la acaricié en silencio.

A Coyota, Huesos, Crema y Bocho los envenenaron. Sólo pude observar el cuerpo de Crema y Bocho a la distancia. Murieron en un terreno baldío al cual no podía acceder. Huesos, Crema y Coyota estaban esperando cachorros cuando las mataron. Lloré por todas ellas y por él. Pero también sentí una ligera dicha. La vida de un perro en situación de calle es un infierno, una constante sucesión de maltratos y vejaciones. No volvieron a sufrir de nuevo, nadie volvió a lastimarlos. Al fin están libres de esa maldita existencia. Una parte de mí murió aquel día. Ellos se llevaron lo más humano de ser. Yo me quedé con sus más bellos e inocentes recuerdos.

Espero volver a verlos al menos por un momento a todos ellos y ellas, mis fieles amigos y amigas, cuando mi existencia llegue a su final. Sé que de una forma u otra, ellos y ellas estarán ahí, observando, con sus colas en movimiento y sus ojos juguetones. Algún día volveremos a vernos y estaremos juntos por la eternidad. Por fin podremos correr por los verdes valles sin miedo a la gente ni al dolor.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.